El resentimiento
En los polos no tiene porque haber conflicto. En el resentimiento, es la única salida.
Querido lector1:
Hay un mal creciendo entre nosotros, fruto del juego de quién tiene en el conflicto la oportunidad de enriquecerse. De forma vil se nos enfrenta primero entre culturas, luego entre generaciones y pronto será entre hermanos. El conflicto aborrega, embrutece y justifica la ausencia de virtud, en favor del que sea menos malo. Nosotros, lejos de quejarnos, les seguimos el juego: en la ruindad no hay un ellos, sino un todos. Ese mal carcome lo común y refuerza las diferencias. Segrega. Enfrenta. Hablamos de polarización, cuando en realidad deberíamos hablar de resentimiento. En los polos no tiene porque haber conflicto. En el resentimiento, es la única salida.
Nuestros abuelos dijeron a nuestros padres que trabajasen y tuviesen una familia. Quién podía estudiar, lo hacía para ganarse mejor la vida. No había lugar para ensoñaciones y los anhelos personales eran secundarios. Habían visto de cerca el significado de escasez y no querían eso para sus hijos; pintar no es un oficio, es un hobby, que dijo mi abuelo a mi padre. Nuestros padres les hicieron caso, buscaron trabajo, se ganaron la vida, tuvieron familias y dejaron de lado sus sueños. La escasez, lejana ya, cedió su puesto a la autorrealización. Todos podemos estudiar, y lo hacemos para perseguir nuestros sueños. Si remendar zapatos te hace feliz, remienda zapatos, que me dijo a mí mi padre. El yo pasó a ser el foco, porque ellos lo tuvieron que dejar de lado en beneficio de, entre otras cosas, nosotros.
“Andrés, antes no te encontrabas a un economista de cajero en el supermercado” pero ahora sí. Lo que hace cincuenta años era garantía de éxito, ahora ni siquiera te distingue del resto. La abundancia genera escasez. Somos ricos en lo superfluo y pobres en lo esencial. Viajamos mucho, pero tenemos menos raíces. Cambiamos cada año nuestros objetos, pero no poseemos nada. Somos independientes, pero anhelamos la comunidad. Queremos libertad, pero nos preocupa no tener un hogar. Nos dijeron que fuéramos felices y nosotros lo quisimos todo. Estudiamos. Trabajamos. Nos esforzamos. El mundo, mientras tanto, cambió. Cambió tan rápido, que nos quedamos absortos, indolentes, resignados. Hubo voces que avisaron. Hicimos caso omiso. Ahora queremos pelear, pero no sabemos muy bien contra quién o contra qué. Los padres porque ignoran lo que deparará el futuro a sus hijos. Los hijos porque temen lo que puede llegar a ser. De esa ausencia de enemigo se aprovecha, quién puede, para señalar y obtener rédito: los boomers y sus pensiones, los jóvenes y su fragilidad, las mujeres y su feminismo, los hombres y su machismo, los extranjeros y sus costumbres, los fachas y su intransigencia.
El último álbum de Rosalía no marca tendencia, la recoge. Hemos empezado a buscar la respuesta en la tradición. Confiamos en que lo que sirvió a nuestros abuelos nos servirá a nosotros. Pero el mundo en el que ellos vivieron dista mucho del actual y, mientras tanto, se nos olvida que no hay mayor tradición que odiar al prójimo, sobretodo en épocas de cambio. El resentimiento aborrega, carcome lo común y refuerza las diferencias. Y hay quién se está aprovechando de ello.
Atentamente:
Andrés.
La portada forma parte de la maravillosa serie España Oculta, de Cristina García Rodero.



Magnífico análisis. A pesar de todo seguimos sin querer verlo. En la ignorancia, aunque impostada, se halla consuelo.