Jardín digital
O cómo vencer al fantasma del portfolio
Querido lector:
Hay un fantasma, mitad mito mitad meme, que persigue a todo diseñador: su propio portfolio. Un portfolio es un escaparate al mundo en el que mostrar tu trabajo y experiencia. Normalmente se incluyen casos prácticos en donde las personas interesadas pueden ver tu conocimiento con respecto a una materia. En un sector tan visual como el diseño, es un requisito indispensable especialmente al buscar empleo.
Uno podría esperar que hacer su web debería ser sencillo para aquel que se dedica a diseñar productos digitales, pero como dice el refrán, en casa de herrero, cuchillo de palo. El tamaño del asunto es tal, que estoy seguro de que si husmease en los propósitos de año nuevo de cualquier colega de profesión, el objetivo más repetido sería el de renovar el portfolio. ¿Por qué nos pasa esto? El medio digital es un lienzo en blanco que puedes llenar con cualquier cosa. Colores, tipografía, interacción, arquitectura… las variables son innumerables y la capacidad de modificación infinita. Esa es la trampa. La libertad total que ofrece el medio digital no equivale a creatividad. La primera es posibilidad incondicional, mientras que la segunda es producción, y esta, rara vez surge de la nada. Cuando uno está trabajando en un proyecto propio se da cuenta de lo improductivo que puede llegar a ser el perfeccionismo sin restricciones, no en vano, esa mejora sempiterna forma parte de la propia definición del término que ofrece la RAE, que lo describe como: “tendencia a mejorar indefinidamente un trabajo sin decidirse a considerarlo acabado”. Si no hay fechas, ni terceros implicados, ni barreras físicas que den término a la iteración, es fácil acabar en un circulo vicioso de cambios sin llegar a tener nunca nada listo. La libertad deja de ser oportunidad para ser lastre.
Desde hace un par de años he luchado contra este monstruo. No importa cuantos moodboards, framers, figmas, webflows y wireframes hiciese, ninguno me contentaba, ninguno era suficiente. Desesperado y afligido —permítanme la hipérbole—, cuando creía que ya nada tenía solución, me topé con el concepto de jardín digital. Un jardín digital es un lugar en el que plantar ideas, proyectos y conceptos, que pueden estar relacionados o no, pero que tienen algo en común: están en constante cambio. Esto no es una idea nueva, sino que recoge el testigo de los antiguos blogs. La gran diferencia está en la naturaleza con la que nace cada uno; mientras que el cambio forma parte del ADN del jardín digital, en el portfolio el contenido se limita a una página sobre ti y unos cuantos casos de uso que terminarán estando desactualizados. En un jardín digital cabe cualquier cosa, en cualquier momento. Tú decides qué plantar y qué merece la pena conservar. Hay gente que lo hace privado, otra lo hace público. Hay quién guarda recetas de cocina y apuntes de la universidad, mientras que otros lo usan como forma de escapar de la mierdificación de internet, tendencia en auge entre aquellos que nacieron con un móvil en las manos y que buscan la autenticidad en lo analógico. Un gran ejemplo es la web de Tobias van Schneider, en la que conviven proyectos profesionales con otros personales como un archivo de fotos.
Con este enfoque —el cuál si lo despojas de romanticismo no es más que el método lean— he sido capaz de romper el bloqueo y hacer mi propio jardín digital. Un lugar en el que conviven referencias, artículos y proyectos. Aún está lleno de imperfecciones, pero ahora al menos eso forma parte de su esencia.
Atentamente,
Andrés.



He hecho algo parecido pero en formato libro. Es realmente liberador.